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Pedro Luis Hernández Bencomo

(MX 1949 - 1988 VE)

Bethilde

Ayer paseando por el parque
bajo las intermitentes claraboyas naturales
un hombre me ha mirado con fijeza.
en sus ojos tenaces
había una lucidez distinta.
le conté a mi madre
y besándome la frente
dijo que he crecido...

Inquitud

Caminé con el aire amanecido
que aproxima a los limones
el camino matutino reconforta
es el primer aire
y son ampulosos
los tirantes del uniforme…
el silencio ha elaborado
los mejores frutos.
Bullo más en estos días
en que la primavera ha traicionado
con sus flores
mi tranquilidad
sin quererlo.

La escuela

Al llegar nos envolvía
el frío
de los pasillos
y el eco didáctico
en los salones de clase

La amiga

Irene me presentó a su novio
y a Aléctor un amigo
al marcharse ellos
me confió sus besos
bajo la escalera.
reímos
de regreso pensé en Aléctor
el amigo de Irene.

Ardides

Con intención he mirado a Aléctor

Pescando que él lo haga.

Cuando la fuerza de mis ojos

Ardieron su espalda volteó

Sorprendiéndome tal como quería

Fingí distraerme con el techo

Y me delaté a conciencia:

He presentido algo.


Confidencias

Fuimos lentamente despellejándonos
cediendo entonces secretos
inquietudes
hasta enceguecernos
de calefacción
estar imprescindibles
y cubrirnos fidedignos
como de musgos
los precipicios

El beso

Con redoble de campanas
sin badajo mi sien
en vilo
su boca hielo tocó la mía
la sangre dejó de circular
hasta dejarnos
transparentes.

La bailarina

Aléctor y yo nos contamos
los sueños.
Dije que había soñado
con un airoso cabalero azulecido
que danzaba entre rojísimas
nochebuenas;
él narró que había soñado de nuevo
con la bailarina del vestido blanco
a quien daba su rosa – bajé los ojos
y tomando mi barbilla agregó – son
sólo sueños.

El vado

De nuevo al río:
en uno de sus parajes más hermosos
dormita un vado
sobre él la fronda declina
para dejar caer alguna vez
sus hojas.
Me bañé desnuda jugué con la fronda
pero deseé que Aléctor estuviese.
Al salir no estaba mi ropa
corrí asustada boicoteándome
a fabulosas miradas
hasta que Aléctor riendo
me detuvo. Estuve mojada frente a él
apurruñadita;
amontonamos las ropas
y retozamos sendos en el vado.

Quédate así

Quédate tal cual
dijo muy suave
al verme y
le complací en silencio.

Pesadillas

Aléctor me dejó sola
frente al precipicio
y como reo
reía al otro lado.
En el fondo lejos
un río
(o una serpiente)
rielaba mínimo.
En ese casi caerme
cuando rodaban cascajos
grité despertándome.

Tomado de revista Poesía N° 161, Vol. XXIX - N° 4 Mayo-Octubre 2016 Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Cordoba


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