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Luis Enrique Belmonte

(Caracas 1971, VE)

Si te pica el alacrán

 
Si te pica el alacrán
échale saliva a la picada,
aplica hielo, hidrátate,
no te expongas al sol, aguanta.
 
Si acaso llegaras a propinarle un zapatazo
examina bien a la criatura:
mira cómo se despide de este mundo
moviendo sus pinzas y sus tenazas
como un furibundo director de orquesta.
 
Tendrás que considerar que los alacranes
son capaces de soportar radiaciones ionizantes
en un porcentaje cien veces mayor
al que soportaría tu vecino, y no olvidar
que es tos bichos nacen completamente desarrollados
y pueden llegar a vivir hasta veinticinco años.
 
Una vez que te asegures de que esté fuera de combate
es recomendable observar el tamaño del ejemplar
para estimar la cantidad de su veneno,
pues no es lo mismo un alacrán bebé
que una alacrana con hijos,
aunque picada de alacrán
siempre será picada de alacrán.
 
Que no te extrañe saber que tu cuerpo
más nunca será el mismo,
si te pica el alacrán.
 
Que no te extrañe saber
que en cualquier momento el alacrán
puede volver a presentarse
bajo la forma de un guiño de ojo,
una pequeña es pina o un burladero,
si te pica el alacrán.
 
Alacrán: arácnido venenoso, noctámbulo,
criatura de la resistencia que se refugia detrás de ladrillos
o de bajo de piedras y troncos,
señor de los escombros y las grietas, amante solitario
en las tinieblas, soñador en las cuencas de los zapatos,
depredador de arañas, cucarachas y grillos,
gran elucubrador, bromista empedernido,
remoto superviviente de los almacenes en quiebra.
 

Laborterapia

Llevo varios días en terapia ocupacional.
Nos tratan bien, aprendemos con las manos,
en silencio, hacia adentro, sudando goterones de nicotina
vamos mostrando lo que somos capaces de hacer
y los supervisores ya casi no molestan.
 
De vez en cuando alguien se rebela y lanza un taco de madera.
De vez en cuando alguien se pone a imitar
el ruido de una sirena de ambulancia,
mientras otro le hace la corte brincando, agitadísimo
como si fuese una coctelera.
De vez en cuando es preferible no mirar a los lados
y dejar que el cuerpo se nos vaya amansando poco a poco.
 
Así que el día tiene otra pinta
los días de terapia ocupacional.
 
Y saben muy distintos los cigarros,
pues son fumados después de un grave esfuerzo.
Y el agua adquiere una significación nunca antes sospechada.
Y las llamadas que recibimos del otro lado
ya no nos parecen tan lejanas.
 
Aquí, en terapia ocupacional,
donde no sobran las palabras,
donde la tarde se nos pasa volando,
donde los pájaros revolotean picoteando migas,
donde el sol sale bien grandote y reverdecen los tomillos
cada vez que el encargado nos abre el portón renqueando.
 
Y todos somos hermanos porque todos somos iguales
ante los ojos del señor que despacha los fármacos.
 
Y en el momento en que las manos se nos hacen levadura
ya nadie se pone a pelear por obtener la cofia o la naricita
de esa enfermera tan bonita que recién acaba de llegar.
 
Porque no nos interesa otra cosa
que no sea crecer por dentro
como el preludio a la siesta de un fauno.
 
Crecer por dentro, sí, domesticar a tus bestias
 con un palito de madera,
llevar la matica de un lado a otro,
adobar el cordero, hacer virutas con la garlopa
para sentirnos plenos en cualquier plenilunio,
aquí, en terapia ocupacional.
 
 

Sin quedarse


Huir de puntillas,
irse sin quedarse,
pues no es bueno que sepan
que alguna vez, tal vez,
estuvimos aquí.


Oración del carnicero


Señor, lame nuestros cuchillos,
ensaliva las costillas y las vértebras.
Que estos tajos en la res
sean ranuras para llegar hasta ti.
Que la jifa no atraiga a las hienas,
y que los ganchos no hieran a los aprendices.
Diluye con tu lluvia toda la sangre que avanza,
lenta, espesa, por debajo de las puertas.
No dejes que los pellejos
sean vendidos a los traficantes,
ni dejes que nadie alce los fémures
de los que se han sacrificado.
Míranos a través de los ojos desorbitados de los bueyes.
Que la luz exangüe de nuestra única bombilla
ilumine tu escondrijo, entre venas, nervios
y tendones, Señor, deja que nos ensañemos esmeradamente
hasta llegar al suculento blanco de tus huesos,
y que se sienta tu presencia
en las manchas de los delantales o debajo de las uñas.
Bendice lo que queda, este banquete para perros,
moscas y zamuros, Señor, bendice lo más puro.
Y refrigera en tu silencio
toda la carne que amamos.


La pecera


Indiferentes, cautivos,
nos miran con desgano
mientras soplamos el café
o encendemos la lámpara.
Supongo que nosotros también
nadamos bajo otras aguas
y miramos con igual indiferencia
a través de los ventanales.
Alguno golpeará, con su testa
o con su mejor aleta,
el cristal que nos separa de otras dimensiones.
Otros estarán hartos de eructar tanta burbuja.
Y cuando unos nudillos golpean el cristal,
nos vamos aleteando, temerosos,
cada uno a su alcoba, a sus asuntos.

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