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Elkin Restrepo

(Medellín, COL ,1942)

de A un día del amor, Relatos breves (Fondo Editorial Universidad EAFIT - 2012).


Noviazgo

 

Aunque todavía no nos habíamos declarado el amor, ya nos comportábamos como si así fuera. Lo digo porque después de tomarla de la mano buscábamos los extramuros donde se nos hacía más fácil actuar acordes con las demandas y nuevas músicas del corazón. O del instinto, para ser más claros, porque no más llegar, me prendí a su cuello como un vampiro lugareño hasta que ella, estremecida, novicia en estas cosas, se echó a un lado y, apretando los labios, estropeó nuestro primer beso. Tuve que explicarle que como novia debía recibir los besos dados y ensayé un segundo beso que, aunque tuvo menor resistencia, aún no era un verdadero beso. Temía a los vampiros, fue la explicación que me dio, limpiándose los labios con el dorso de la mano, explicación que no me pareció correcta, sobre todo viniendo de alguien tan pálido que parecía la reina de ellos.

 

Quizás había sido una torpeza elegir su cuello habiendo tantas otras partes igual de deleitables. Puse mi mejor cara e intenté tranquilizarla recitándole un poema del poeta Neruda, que estaba bien para la ocasión. No hay como las palabras, enseguida vi como se distensionaba y destrababa sus largas piernas que había cerrado herméticamente.

 

Tengo que decir que además de su blancura de camelia, algo muy romántico y para nada producto de transfusión alguna, en ella todo era mínimo, pero con minimidad y finura de muchacha japonesa. Era tal su fragilidad y delicadeza que decidí empezar mi nueva tanda de besos por su veintena de dedos, siguiendo un orden riguroso y calculando que, para el último, las cosas serían a otro costo. Algo había leído al respecto, tratándose de estos casos.

 

Gasté años, por así decirlo, para llegar allí donde debía de ir, pues los dedos, aunque pequeños y redondos como son, imponen una etiqueta extrema, de una lentitud excesiva, que lo vuelven a uno esclavo en el camino.

 

El hecho es que ella, entre gemidos y miradas arrobadas que parecían pertenecer a otro ser, aceptó que hubiera al fin un orden en aquello que ya la envolvía en llamas impúdicas, inenarrables, imposibles también de extinguir, y que no fuera una estética vampiresca, de mal gusto, la que rompiera la guardia que cuidaba de su doncellez.

 

De estética a estética, hay un mar en medio, fue lo que aprendí, mientras, pétalo a pétalo, deshojándola, conseguí llegar hasta donde ella, mi novia, se refugiaba.

 

Habría que contar lo que fue aquel primer beso.

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